30 de enero de 2007

LA PRIMERA ENTREVISTA

José Antonio Ortega Lara fue secuestrado durante 532 días, casi un año y medio fue encerrado en un zulo de escasas dimensiones en el que contaba con una tumbona, una mesa, una silla y un orinal. Ayer concedió su primera entrevista diez años después de su liberación.

Mientras contenía la respiración y subía el volumen del televisor para no perderme ni uno de los detalles de la entrevista, recordaba otros reportajes, noticias, entrevistas relacionadas con el terrorismo de ETA. Como tantas personas, me sentía testigo de la socialización sangrienta del terrorismo, en busca de su legitimación simbólica en los medios de comunicación. Incluso en mi pequeña intrahistoria personal, recuerdo que la primera vez que tuve que presentar un (mini) informativo cuando era becario en una pequeña televisión, la primera noticia fue relacionada con ETA.

Ayer volvieron a abrirse las percepciones para un momento único, los que amamos la información y sus afluentes. Ortega Lara hablaba de sus impresiones en ese agujero inmundo, de los hábitos personales que le ayudaron a llevar el cautiverio, de las condiciones y el trato con sus captores, de la humedad del lugar, del ruido de las máquinas que sonaban cercanas, de sus intenciones de suicidio… absorto durante más de media hora pensaba en cada una de las palabras, de los sentimientos contenidos en cada expresión, en las secuelas psicológicas del secuestrado, en su modo de sonreír en distintos momentos de la entrevista. La mera realización de la entrevista fue para Ortega Lara una forma de superar psicológicamente su cautiverio, pero a la vez, suponía un documento periodística de primera magnitud, administrado sin morbo, con suavidad y cariño por parte del entrevistador, lleno de connotaciones personales y también sociales, porque aquellos largos meses de esclavitud forzada aún los recuerdo, en plena adolescencia, como una etapa de sufrimiento contenido, a la espera de la liberación.

Conmueven los detalles íntimos de su cautiverio, su intento de suicidio por ahorcamiento con una soga hecha con restos de bolsas de basura o su relación con los secuestradores. En cierto momento Ortega Lara recordó una conversación con uno de sus captores al que preguntó si hubiese cambiado la situación si él hubiera dispuesto de 200 millones de pesetas en el banco. Y el terrorista, según contó, le respondió que hubiera ayudado a acabar con su secuestro. Años más tarde, los secuestradores reían y sonreían durante el juicio.

Dos semanas después de su liberación por parte de la Guardia Civil, ETA respondió con el rapto y asesinato de Miguel Ángel Blanco: fue una muestra de poder y ensañamiento que propició una enorme movilización social contra la banda terrorista. Pero ya han pasado casi diez años y aún existe el mismo problema, el derivado de las acciones terroristas. Los que matan, los que manejan los tiempos y las balas con un cálculo paralelo de declaraciones, análisis marxistas y fotos de portada, siguen hablando en la hora del café sus salvajes pasiones irredentas.

Siguen negociando.

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