10 de septiembre de 2007

LOS NEGROS SEVILLANOS DE LA HABANA

POR J. FÉLIX MACHUCA (ABC DE SEVILLA, 10 de febrero de 2007)

En las primeras décadas del siglo XIX, los negros curros habaneros eran los dueños de las calles más oscuras y embarradas de la marginalidad capitalina. Entendían en negocios de juego, ajustes de cuentas, robos, prostitución y matonismo. Vivían extramuros de la gran capital isleña, allí por el barrio del Manglar, lo que hoy viene a ser, en parte, el barrio de Jesús María. No eran esclavos. Eran negros horros. Y esa rotunda singularidad los ponía por encima de sus hermanos de raza, esclavos. Los curros eran libres y estéticamente distintos. Vestían como lo que se consideraban que eran. Los reyes negros del mambo de la marginalidad capitalina.

El pintor de origen español Víctor Patricio de Landaluce
retrató a finales del siglo XIX a los negros curros de La Habana

Cirilo Villaverde, autor cubano de esa preciosa novela romántica llamada Cecilia Valdés, los describe como tipos sui generis que vestían pantalones de campana, camisa blanca con cuello ancho, dientes de perros (se los hacían afilar al modo carabalí) pañoleta de algodón por la espalda, chanclas, sombrero de paja montado sobre un zarzal de trenzas de pasas, como las de los actuales rastas. De las orejas le colgaban lunas menguantes tangadas en oro que, al toque, el más inexperto entendía ordinaria tumbaga. Sus andares eran cadenciosos, arrastrando mucho el chancletaje y moviendo los brazos hacia delante y atrás, como ese rico tumbao que tienen los guapos al caminar ¿Recuerdan a Pedro Navajas? En la mano, escondido entre el pañuelo que llevaba y la manga de la camisa, se escondía siempre un sin arruga, un jierro. Un cuchillo. Jierro, nos recuerda el historiador cubano Fernando Ortiz, estudioso del fenomeno currista en un libro impagable titulado «Los negros curros»; Jierro es «vocablo de los negros curros que recuerda directamente al usado por los hampones sevillanos del XVI».

¿Pero cómo pasó y sobrevivió hasta mitad del XIX la estética marginal y parte de la jerga hampona de los negros sevillanos en La Habana? Pasó, como todo, desde el puerto de Indias del Guadalquivir al de La Habana. Lo que aquí aprendieron los negros en sus correrías por el Arenal, el Alamillo, Gradas o la margen del río por San Juan, paraísos del pincho y de la estocada, se lo llevaron hasta la misma Habana Vieja. Y allí se mantuvo porque los negros libres que se acurraron, para diferenciar su tilde social y su distinción de clase respecto a sus hermanos esclavos, tendieron a asimilar la estética de los blancos, mantuvieron el habla jergal con el que se habían entendido con Rinconete y Cortadillo y aliñaron el resto con los fuertes especiajes del hampa criolla. Hasta hace poco en Cuba Curro era andaluz o sevillano. Y negro curro era lo peor que podía mestizar el cruce de Andalucía y Africa. En las décimas del «Negro José del Rosario», deliciosa su lectura que imita el habla jergal y extravagante de los negros curros, dice el propio José del Rosario de su casta: «Ai curro José Gatica/ poi palabra ma o meno/ le dije: olé, olé, moreno/ y ai punto se me achicó/ poique sabe que soy yo/ma caliente que un veneno».

Fernando Ortiz se detiene, con esa lúcida visión que lo caracteriza para armonizar Africa, España y Cuba en busca de la cubanidad, para decirnos que los curros reflejaban en su aspecto externo «los factores diversos que determinaron su existencia misma, a saber: africanos, coloniales y andaluces; étnicos, sociales e históricos». Un negro curro, lejos de disimular su condición, alardeaba de ella. Era una especie de marca social que los llenaba de identidad y orgullo. Y dice Ortiz que tenían empeño «en darse a conocer como lo que eran. Sin los curros habríamos tenido negros matones, chulos, perdonavidas, manjafierros, guapos; pero no negros curros». El exhibicionismo estético y el alarde de guapería y valentía formaban parte de sus pertrechos sicológicos. El negro curro que ejercía de tal sabía que tenía que lucir sus andares, sus ropajes, sus dientes afilados, sus trencitas en el pelo y su fuerza bruta para estoquear lo primero que se le presentara. Ni todo los negros curros eran bandidos ni todos los negros libres fueron curros. Pero el que perteneció a la marca y alardeaba de vivir en el Manglar, con ese había que tener cuidado.

Limpieza militar

El capitán general Tacón intentó limpiar La Habana en los años de su mandato (1834-38) Justo en 1834 le escribe al ministerio del Interior que «lo que más pronto remedio reclamaba era la contención de los escándalos frecuentes, asesinatos y robos que se cometían de día y de noche...» Hizo lo que pudo. Que no fue poco. La limpieza tuvo mano militar. El éxito fue absoluto. Pero no solo fue la autoridad gubernativa la que terminó con los curros. Fueron otras causas. Mucho más complejas. Como la aparición de las sociedades secretas negras vinculadas al hampa afrocubano. Los curros dejaron de ser lo que fueron y se diluyeron en ese clandestino magma de los ñáñigos. Lo que les llegó de Sevilla y su Arenal se perdió en la mitad avanzada del XIX. Hoy solo es un rastro débil en los carnavales habaneros y vibrante y exótica voz en el costumbrismo literario de la época. Fósiles de un tiempo que recobran vida cuando en la Habana escuchas en pleno malecón expresiones como ajumar el pescao, apencarse, arremangarse, bien me sabe, curricán, jalarse, jierro, gachón, jura, gayola o zumbarse. Voces de la jerga curra que Lope, Cervantes, Rueda y demás escritores del siglo de Oro escucharon algunas en la casa de Monipodio y otros antros de similar prosapia donde tuvo su gloria la picardía. Sevilla.

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Los negros curros, de don Fernando Ortiz, es una obra de referencia para entender el fenómeno de los negros andaluces que vivieron de Cuba. Su huella en la vida sevillana tiene una referencia en la Semana Santa: la Hermandad de los Negritos; y la semilla negra (pido prestado el concepto de Radio Futura) quedó también en el flamenco.

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