24 de noviembre de 2009

POR QUÉ DEJÉ DE SER DE IZQUIERDAS (I)

Tengo ganas de que llegue la Navidad para regalar libros a los familiares y ya de camino aprovecho la excusa para comprar algunos de esos libros caprichosos que, además, tengo el vicio de leer: Por qué dejé de ser de izquierdas’ es su título.


¿Y por qué carajo yo dejé de ser de izquierdas? Es más, ¿alguna vez lo fui verdaderamente?

Me pongo a hacer memoria –apenas tengo 30 años- y recuerdo casi automáticamente una tarde dominical en Torremolinos, near Bajondillo beach. Estaba en casa de una amiga búlgara cuando salió en la conversación del café el asunto de Pinochet, con el que Garzón hacía la pasantía londinense como juez universal, qué digo pasantía, era el juez becario de la Historia.


- “Pinochet hizo bien con echar a los comunistas del poder”, escuché de la boca de aquel señor búlgaro de Torremolinos.


Aquellas palabras me chocaron mucho; habitaba yo en la bienpensancia progre previa a los veinte años. Me quedé shockeado, como dicen los hablantes nuyoricans que frecuento, pero comprendí que aquella respuesta no era más que una reacción humana y llena de libertad, que no se sujetaba en ningún parámetro políticamente correcto.


Los sufrimientos padecidos obligatoriamente aquella familia, como tantos búlgaros, bajo el régimen del tirano comunista Yivkov le habían convertido en un anticomunista visceral, por la experiencia de ver a su familia ahogada por las estrecheces del racionamiento de comida que se disfrutaba en aquel paraíso socialista de la Comecon, cuyas siglas escondían uno de esos bellos eufemismos soviéticos, tan propagandísticos: Consejo de Ayuda Económica Mutua.


Gracias al poder persuasivo de Yivkov se acuñó el término “mayoría búlgara” muchos años antes del congreso de Valencia. Todos los congresos del Partido comunista búlgaro y sucedáneos de la “democracia popular” se resolvían con un apoyo del cien por ciento a sus tesis, ahí es nada. Hoy en día, The Castro Ruz brothers company (Limited, soon?) apenas logra un 99 por ciento raspado, y a veces hasta el 98 por ciento pero por suerte, no tiene que pactar con ninguna esquerra para sentirse triomfant por delante de esa superpotencia tan ufana y tan soberbia.


“Pinochet hizo bien con echar a los comunistas del poder”. ¡Coño! Lo recuerdo como un golpe de efecto en medio de una conversación de lugares comunes y opiniones sobre el tiempo otoñal. Por entonces yo era un jovencito que escuchaba la SER por las tardes, que leía El País de Estefanía y que esperaba a que Garzón le diera su merecido a aquel viejo dictador que dejó la jefatura de Estado tras convocar un referéndum que permitió la llegada de la democracia.

La ficción de ser izquierdista, un rojillo universitario, estaba siendo alimentada por ciertos anhelos adolescentes que se escapan a la razón. Ese sustrato de aprendizaje cheguevarista no me permitió entonces aceptar aquella respuesta como un toque de atención: “No te creas esos mitos que son una mentira, puro teatro”.


Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. Aquella chica búlgara, por cierto, sigue tan bella como siempre.


Yo ya estaba abducido dizque por esa izquierda (des)aliñada con su pastillita de avecrem sabor antiamericano, de los que cuecen y (se) enriquecen con esos mitos tan molturados por sus rodillos mediáticos.


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