19 de abril de 2011

LOS PERIÓDICOS SE HACEN SOLOS

Este artículo de Julio Camba publicado en 1919 se puede leer también en clave actual ¡y tan actual! Camba fue todo un maestro de la ironía y la inteligencia en el periodismo español.


LOS PERIÓDICOS SE HACEN SOLOS
Por Julio Camba; publicado el 5 de diciembre de 1919

A veces se ha hablado en Madrid de una huelga de periodistas. La huelga de periodistas, queridos compañeros, es un propósito absurdo por dos razones, que clasificaremos así:

A) El público no necesita para nada los periódicos.

B) Los periódicos no necesitan para nada a los periodistas.

Dejemos, de momento, la razón A y vayamos a la razón B. Yo he “trabajado” durante dos años en un periódico que se hacía solo. Ordinariamente, los redactores nos reuníamos en torno de una mesa muy grande, pedíamos café y comenzábamos a charlar y a fumar pitillos. Abajo estaban los talleres. ¿Por qué procedimiento se transformaba nuestra conversación en artículos y noticias? Yo lo ignoro; pero ello es que, poco a poco, el periódico iba haciéndose.

–Ya no faltan más que dos páginas –decía el regente a las dos y media de la madrugada.

–Muy bien, muy bien –contestábamos nosotros–. Que traigan más café.

Y volvíamos a tomar café, a fumar pitillos y a discutir la política del día con un nuevo ardor.

Pasaba una hora y el regente reaparecía.

–¡Tres columnas! –exclamaba.

–¿Todavía tres columnas?

Indudablemente, la conversación había languidecido o quizá el café se hubiese enfriado... Seguíamos hablando, y a las cinco de la mañana el “plomo de la palabra” hervía en la estereotipia, esperando el momento de su consorcio con la “tinta de la idea”. Ese momento se producía hacia las cinco y cuarto o cinco y media. A esa hora comenzaba a funcionar la rotativa, y entonces nosotros nos callábamos. Nuestra labor había concluido. No nos quedaba ya ni un solo pitillo. Las cafeteras estaban agotadas...

Así se hacía el periódico ordinariamente; pero algunas veces daban las tres de la mañana y todavía no había aparecido ningún redactor.

–Faltan lo menos dos páginas y media –murmuraba el regente.

Y el propietario, rascándose las barbas, refunfuñaba:

–¡Estos muchachos!... ¡Estos muchachos!...

Daban las cuatro.

–Todavía faltan cuatro o cinco columnas —exclamaba el regente.

–¡Qué le vamos a hacer!...

Y a eso de las cinco, el regente volvía a presentarse.

–¿Aun no ha venido nadie?

–No.

–Pues yo voy a cerrar el número. Si no, perdemos los correos.

–Bueno. Cierre usted –autorizaba el propietario.

Y la rotativa giraba, y el periódico salía, y hasta es posible que saliese mejor que nunca...
Decididamente, los periódicos, que parecen el producto de una civilización complicadísima, son algo tan natural y tan espontáneo como las flores y como los frutos. Los poetas debieran cantarlos. Los hombres de ciencia debieran estudiar su biología. Periódicos que llevan treinta o cuarenta años de existencia han brotado, a lo mejor, de un banquete o de un discurso político. Unos viven modestamente, como la violeta. Otros son pomposos y arrogantes. Últimamente se ha pensado en industrializar el periodismo así como, por ejemplo, se ha industrializado la patata; pero, de todos modos, una huelga de periodistas a mí me parecería algo así como una huelga de cesantes.


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